III

Es tan lindo escuchar…

Cuando paseaba en la montaña unos árboles cantaban intentando que su canción fuera como la melodía del viento.

-¿Por qué queréis cantar como el viento?

-La brisa es tan suave… -cantaba uno de ellos.

-Mis raíces me sostienen… -cantaba otro.

-¿Por qué queréis cantar como el viento?

-Es inevitable, vocecita… -me respondió otro cantando.

-¿Por qué es inevitable, hermanito árbol?

-El viento nos mueve las hojas y las ramas, es inevitable cantar, pero es tan bello… -y siguió cantando.

Se dejan llevar.

Estaba escuchando sentado sobre una piedra. Se oia como un susurro.

-¿Quién habla?

El susurro iba cambiando a medida que yo ponía la atención en él. La piedra sobre la que me sentaba era quien hablaba. Me alegré de poder oir su voz; las piedras suelen ser calladas.

-Hola, hermanita piedra.

-Hoooooolaaaaaaaa, joooooooooveeeeeeeeenciiiiiiiiiiiitooooooooooo.

Las piedras hablan lentamente porque viven lentamente desde nuestro punto de vista. Desde el punto de vista de una estrella, serían demasiado rápidas. Desde el punto de vista de un átomo, una persona sería demasiado lenta. Los niños podemos acelerar hasta la velocidad de los átomos o frenar hasta el ritmo de las estrellas, para poder hablar con ellos. Es tan divertido…

-¿Cómo estás?

No respondía.

-¿Cómo estás?

Las piedras tienen su propio ritmo. Quizás dentro de 500 años responda a mí pregunta. Quizás se duerma hasta que le toque transformarse. Quién sabe…

Es tan lindo escuchar…

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