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Os hablaré de mi planeta. Cuando era pequeño, parecía muy grande, pero a medida que fui creciendo, el planeta se quedaba del mismo tamaño. Ya se sabe que los planetas crecen, pero no tienen tanta prisa en hacerlo como las personas.

Como la mayoría de los planetas, el mío iba girando sobre sí mismo a la vez que viajaba por el espacio, por lo que pude disfrutar de un montón de atardeceres y de amaneceres. Es tan bello verlos… Un atardecer es como una despedida, un amanecer es como una bienvenida, y el tiempo de Sol es tan maravilloso como el tiempo sin Sol.

Antes no comprendía que hubiera tiempo sin Sol, y me entristecía. Incluso tenía miedo a que el Sol no volviera. Pero me llegué a dar cuenta: el Sol siempre vuelve, y para que haya tiempo de Sol tiene que existir un tiempo de sombra. El Sol también necesita descansar…

En mi planeta tenía una rosa. También baobabs. Y un cordero que me había regalado alguien muy especial para que se comiera a los baobabs. Y tres volcanes, uno de ellos inactivo, pero que nunca se sabe… Un día dejé mi planeta para conocer el universo. Se veía tan bello desde mi planeta… pero nunca me había aventurado a conocerlo.

Cuando al fin regresé a mi planeta todo había cambiado. La rosa que me había domesticado se había convertido en un fabuloso rosal. El cordero había crecido -ahora era un hermoso carnero- y había formado su propia familia, que se alimentaba de todo lo que crecía en la rica tierra del planeta. Entonces comprendí que aquel planeta ya no era mi planeta. Porque yo ya no era el que era antes.

Cuando uno regresa después de mucho tiempo a los lugares en los que ya ha estado, le da la impresión de que no es el mismo sitio. El sitio puede haber cambiado un poco, pero lo que realmente cambia es el mundo interior. Un alma que viera siempre los mismos lugares de la misma forma sería un alma estancada. Porque las personas somos como el agua de los ríos, vamos creciendo a medida que llegamos al mar, para al final llegar a formar parte de él.

Ahora mi planeta es el mismo que el tuyo, uno que no es posible domesticar porque cuando pretendes domesticarlo  lo abandonas: se llama Ser.

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