VII

-¿Qué pintas?

-Un mundo nuevo.

-¿Cómo es?

-De colores. Y muchas sonrisas.

Me encanta hablar con los niños. Saben lo que quieren.

-Me gustaría estar en ese mundo.

-Estamos todos.

Los niños son claros como el agua. Son quienes son, dicen lo que piensan, hacen lo que sueñan. Si toca reir, rien; si toca llorar, lloran. Pero nunca engañan.

Pinto un rato con mis hermanitos. Es divertido pintar, es como volar encima de un sueño. Algo nace dentro de ti, pero solo si coges las pinturas y pintas puede salir lo que estaba dentro de ti. Es como la luz de una vela. Si la guardas en un rincón de poco servirá, pero si la compartes puede iluminarse el mundo.

-¿Qué pintas? -me pregunta una hermanita.

-Un mundo nuevo.

-¿De qué se está riendo?

-Es feliz.

-Como nosotros.

Los niños saben. Cuando nacen, ya saben. Están en el mundo para guiar a las personas mayores, con la esperanza de que un día aprendan a ser niños. ¡Es tan divertido ser niño!

VI

Volar es muy divertido. El aire juega conmigo mientras planeo, y los pájaros se esconden en las nubes para que los busque.

No hay fronteras posibles en el aire. Todo es igual para todos. Es diferente que en la Tierra, donde una persona mayor puede decir “esto es mío” aunque en realidad no lo sea. En el aire eres libre. No hay jaulas para aves, ni trampas para mosquitos, y las nubes van y vienen a su antojo. El aire es el hogar de los niños.

A veces otros niños vienen a volar conmigo. Supongo que habrán escapado de las cadenas que los habían domesticado. Porque el ser humano no está hecho para ser dometicado. Un pez es pez cuando nada. Un ser humano es ser humano cuando su alma vuela.

En aquel planeta no era divertido estar, pero me parecía curioso aquel hombre atado a un reloj.

-Hola.

-Hola. Es hora de mis meditaciones. No me interrumpas.

Esperaba.

-¿Qué quieres, niño?

-Saludarle. ¿Por qué está atado a ese reloj?

-Espera. Es mi hora de hacer deporte. Ahora vuelvo.

Esperaba. Reamente no había ido muy lejos, ya que estaba atado al reloj.

-¿Qué quieres, niño?

-¿Por qué está atado a ese reloj?

-El reloj es muy importante… Es mi vida. Es hora de comer. Ahora no me interrumpas.

Esperaba.

-¿Qué quieres, niño?

-¿Y qué hace cuando el reloj se para?

-¡Me moriría si se parase! Ahora, si me disculpas, es hora de escribir mis anotaciones. Por supuesto, escribiré sobre el niño que no sabía respetar los horarios…

Son curiosas las personas mayores. Se atan a cosas que les hacen estar seguros, pero con las que no se divierten. Un niño es más realista: su estómago pide comida, y él se la da; quiere hablar, y habla; quiere jugar, y juega. ¡Es tan sencillo ser niño…!

V

Saltar de planeta en planeta es divertido. Nunca sabes con lo que te vas a encontrar en el siguiente planeta. Por eso es tan divertido. Si uno conociera que en el siguiente planeta hay un jardín de flores no podrías gritar emocionado: “¡qué sorpresa encontrarne con tan bello jardín de flores!” Por eso es tan divertido. Cada paso es un nuevo universo.

En un planeta habitaba un juez. Era un planeta pequeño, muy lejos de cualquier otro astro.

-¡Culpable! -me gritó.

-¿Culpable de qué?

-Has pisado el suelo de este planeta, y la ley lo prohíbe. Soy implacable.

-No sabía…

-El desconocimiento de una ley no implica su desobediencia. Soy implacable.

-Pero tú también lo estás pisando.

-Pero yo soy el juez, y los jueces juzgan. Y soy implacable.

Los jueces solo se ocupan de juzgar a los demás, pero no se ven a ellos mismos. Me prometo que si vuelvo a visitarle le traeré un espejo.

-¿Y qué juzgas?

-Absolutamente todo. Protejo la ley. Soy un juez implacable.

-¿Y quién escribe la ley?

-Yo mismo. Además de ejecutor soy legislador… ¡Culpable!

-¿De qué?

-De hacer tres preguntas seguidas. Está prohibido. “¿De qué?” ha sido la tercera…

-Adiós.

-¡Espera! Aún no tienes tu condena… Déjame pensarla… ¡Te condeno a irte! ¡No, espera! ¡Te condeno a hacerme compañía…!

Un juez no tiene muchos amigos. La comprensión hace más amigos que los juicios. Por eso los niños no juzgan, porque quieren más amigos para jugar.

IV

La ciudad es un coche siempre en marcha. Vibra mucho, y el ruido cansa. Es comprensible, porque está hecha por personas mayores. Aunque hay lugares hechos por niños; en esos lugares si que es divertido estar.

-Me encanta ese paisaje. Es como una ventana al campo.

-¿Tienes dinero para comprarlo?

-No. Prefiero ir al campo.

Las personas mayores sueñan, pero nunca hacen lo que sueñan. Claro, si lo hicieran dejarían de ser personas mayores y se convertirían en niños.

El parque es otro lugar hecho por niños. A los niños les gustan las fuentes, los jardines, las flores, los columpios con cadenas, los toboganes en la arena…

-¿Puedes darme dinero? -me decía una persona mayor.

-No. Puedo darte un abrazo.

Nos abrazamos. Hay muchas maneras de dar.

Las personas mayores desean demasiadas cosas porque creen que les hará feliz conseguirlas. No ven que pueden ser felices en cualquier momento y en cualquier lugar. Claro, si lo vieran no serían personas mayores, serían niños.

Afortunadamente, hay muchos más niños que personas mayores.

Es divertido pasear por los lugares que han inventado los niños. Es como navegar por un mar de papel.

 

III

Es tan lindo escuchar…

Cuando paseaba en la montaña unos árboles cantaban intentando que su canción fuera como la melodía del viento.

-¿Por qué queréis cantar como el viento?

-La brisa es tan suave… -cantaba uno de ellos.

-Mis raíces me sostienen… -cantaba otro.

-¿Por qué queréis cantar como el viento?

-Es inevitable, vocecita… -me respondió otro cantando.

-¿Por qué es inevitable, hermanito árbol?

-El viento nos mueve las hojas y las ramas, es inevitable cantar, pero es tan bello… -y siguió cantando.

Se dejan llevar.

Estaba escuchando sentado sobre una piedra. Se oia como un susurro.

-¿Quién habla?

El susurro iba cambiando a medida que yo ponía la atención en él. La piedra sobre la que me sentaba era quien hablaba. Me alegré de poder oir su voz; las piedras suelen ser calladas.

-Hola, hermanita piedra.

-Hoooooolaaaaaaaa, joooooooooveeeeeeeeenciiiiiiiiiiiitooooooooooo.

Las piedras hablan lentamente porque viven lentamente desde nuestro punto de vista. Desde el punto de vista de una estrella, serían demasiado rápidas. Desde el punto de vista de un átomo, una persona sería demasiado lenta. Los niños podemos acelerar hasta la velocidad de los átomos o frenar hasta el ritmo de las estrellas, para poder hablar con ellos. Es tan divertido…

-¿Cómo estás?

No respondía.

-¿Cómo estás?

Las piedras tienen su propio ritmo. Quizás dentro de 500 años responda a mí pregunta. Quizás se duerma hasta que le toque transformarse. Quién sabe…

Es tan lindo escuchar…

II

Es sencillo distinguir a los niños de los mayores. Un niño resplandece entre los mayores como una velita. Una persona mayor pierde brillo a medida que se cree ser mayor. Afortunadamente hay más niños que mayores, aunque estos intenten convencer a los niños de que ser mayor es bueno.

Desde mi nave espacial lo he visto: millones y millones de lucecitas de niños pueblan todos los rincones del planeta. Solo en una noche puedes ver como en algún sitio hay estrellas que se apagan, mientras que en otro lugar, al mismo tiempo, otras estrellas se encienden. Es muy bello.  Como las pequeñas luciérnagas… ¡Qué grandes son!

En el silencio del espacio se escucha la risa de los niños de la Tierra. Los que nunca han ido más allá de las fronteras de la Tierra no saben el valor de este sonido. Es un eco que viaja desde el pequeño lugar en el que el niño se encuentra -a veces un parque, otras una habitación, o un prado- hasta el final del universo, rebota en las paredes y sigue… Una ola infinita. ¡Risa infinita! Es tan increíble…

Cuando mi nave aterriza en un jardín, hablo con el niño que juega allí.

-¿Puedo aparcar mi nave aquí esta noche?

-Haz lo que sientas.

I

Las personas mayores son realmente extrañas. Van tristes por la calle aunque los pájaros canten mientras saltan de árbol en árbol. Y les molesta que los niños se rían. Será que echan de menos reírse como los niños…

He aterrizado en un lugar precioso, lleno de universos diferentes por los que viajar. Lo llaman librería. Yo lo llamaría “sala de sueños”, porque en cada uno de aquellos libros, alguien tomó su sueño y lo encuadernó para que todos lo vieran. Es muy bonito.

Uno de los libros habla de el viaje de un personaje por los planetas del universo hasta aquí, la Tierra: “El principito”. Es un nombre gracioso. Un pequeño principio…

Los libros son como ventanas, abiertas te pueden enseñar cosas maravillosas. Los niños lo saben.

Internet me va a permitir compartir mi viaje con vosotros, amigos… Así, cuando leáis mis sueños, ya no serán tanto mis sueños, sino vuestros.  Cuando uno comparte, recibimos todos, aunque no se vea a simple vista. Lo esencial es invisible a los ojos…

Ahora, tomo mi nave espacial. ¡La aventura empieza!